Avila

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Meseta Castellana
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10/6/12

AQUELLOS MARAVILLOSOS 70

La tarde del 16 de abril del 73, la tía Luisa nos dijo que Nino Bravo había fallecido. Yo tenía 9 años pero lo recuerdo muy bien. Nino Bravo me gustaba. Me gustaba su voz, su música y su porte. Me gusta Nino Bravo.


Nino Bravo

Estábamos en el inmenso cuarto de baño. Ella cepillaba mi melena para hacerme una coleta. Después, con un cepillito impregnado en una especie de fijador líquido, repasaba el nacimiento del pelo.
Mi hermana y yo solíamos pasar la Semana Santa con la tía abuela Luisa y el primo Jorge, que tenía unos diez años más que yo. Me gustaba estar por temporadas en aquel piso de la Calle Delicias en pleno Madrid. 

La tía era redondita y achatada por los polos, al menos eso pensaba yo. Rechoncha y de poca estatura peinaba su blanco pelo con un moño italiano como la bisabuela Rosa. Siempre olía bien y llevaba los labios y uñas perfectamente pintados.

Después de saludar a la portera,  subíamos los cuatro pisos de un edificio antiguo, de esos con escaleras anchas e irregulares, con barandillas torneadas y puertas de mirillas enormes.
Al entrar en la casa, recuerdo la oscuridad, el olor a naftalina y al perfume de la tía. Un pasillo distribuía, desde su comienzo,  la cocina y el baño, todo a la izquierda y en el fondo el comedor que a su vez daba paso a otro pasillo. Las baldosas del suelo, que se movían a nuestro paso, sonaban describiendo el recorrido.
A la izquierda, un cuarto de estar y al final, la habitación principal, donde dormían la tía y el primo. Tenía un balcón desde el que se podía ver el denso tráfico y enfrente el Hotel Carlton. 
La tía Luisa quedó viuda bastante joven, con dos hijos. El mayor, el primo Ricardo al que pude conocer, también falleció en la flor de la vida, siendo yo muy pequeña. 
Con ella la vida madrileña era muy distinta a la vida habitual que yo llevaba. Allí no había televisión, se escuchaba la radio, se leía el periódico y por las tardes se iba al cine, casi a diario,  a ver los ferrocarriles en Atocha o a hacer un recorrido en autobús urbano. Alguna vez, el primo nos llevaba a ver cómo despegaban los aviones en Barajas o visitábamos los souvenirs de El Corte Inglés. Siempre solía haber figuras pequeñas, miniaturas de cualquier cosa, y que a él le encantaban. 
Por las mañanas bajábamos al mercado donde comprábamos mortadela italiana y ajetes tiernos, que la tía nos preparaba para cenar.


Al volver de la compra nos tomábamos un aperitivo y planeábamos el día. La tía untaba algo de pan con mantequilla que permanecía en un pequeño recipiente, sumergida en agua, lista para untar y sin amarillear. Me parecía un buen invento. 
Los primeros días visitábamos a los vecinos. La tía nos enseñaba orgullosa a todo el vecindario, a la portera, a los periquitos de la vecina de abajo y nos contaba historias que habían sucedido en nuestra ausencia. 

La tía Luisa lavaba la ropa en la bañera con detergente Punto en pastillas y  subíamos a la azotea a tenderla. Entonces, allí arriba, divisaba enorme la imagen del Carlton; casi podía tocarlo.
Recuerdo imaginar que alguna vez me hospedaría allí, cuando fuera mayor. Me pondría unas gafas grandes oscuras, tacones altísimos y una enorme pamela rosa palo para, del brazo de un apuesto acompañante, que seguro sería mi marido, pudiera caminar por los lujosos salones del hotel. Llegaría de noche, en un descapotable espectacular, el portero de la recepción abriría la puerta del coche y cogería las llaves para aparcarlo. Si era ya tarde cuando subía a la azotea, la imagen de mi llegada al hotel era aún más vívida. Las luces de la noche madrileña me hacían soñar.

Atardecido, salíamos al cine. Vi con el primo Jorge "Las 24 horas de Le Mans" unas dos o tres veces. Recuerdo que cuando salí, miré mis zapatos merceditas y los ví más pequeños que al entrar. Miré mis manos, mis pies, mi ropa y todo lo veía minúsculo. Me parecía que la voz del primo Jorge tenía menos volumen. Era tan grande la visión y el sonido de la gran pantalla que el mundo se reducía durante unas horas, hasta el día siguiente. Llegábamos a casa, cenábamos mortadela (pequeña) italiana a la plancha, revuelto de ajetes pequeños,  en una mesa pequeña, de platos pequeños y dormíamos en una cama pequeña. Cuando me levantaba por la mañana, todo había vuelto a su tamaño normal... hasta la próxima película. 



Las 24 horas de Le Mans


Me gustaba Steve McQeen porque se parecía a mi tío Álvaro. La película me gustaba porque el primo Jorge decía que estaba muy bien hecha y que había que verla varias veces para ver los detalles y la fotografía. Además salía un actor bien guapo y el mundo me parecía enorme detrás de esa gran pantalla. 


La tía Luisa bebía en la comida vino blanco con agua de Lithinés. Nosotros también. Solía preparar algún día puré de patatas CON LECHE, algo que  yo detestaba, pero que había que comer. Nunca supe porqué.


Echo de menos a la tía Luisa, las tardes de cine, las visitas a los vecinos, los ratos de radio, al primo Jorge cantando la música de Mari Trini en francés, los paseos por Madrid, aquella mortadela de Bolonia a la plancha, la visión del Carlton y hasta el puré de patatas CON LECHE.

5 comentarios:

Ricardo Musso dijo...

Tu estado de nostalgia me ha promovido muchos recuerdos personales, amiga.
Hermoso texto !!!
Muchas gracias por tus visitas!.

Abrazo grande.
Rik

PD: Che …, tus peces están hambrientos !!!

silvia dijo...

Mi tía era hermana de mi abuela materna. Y recuerdo con mucho cariño aquella época y aquellas visitas a su casa. Era una persona tremendamente peculiar. Tardó mucho tiempo en tener lavadora y televisión. Me llamaba la atención.
Gracias, Rik.

EmiliLlopi dijo...

Estos cuadros que pintas me transportan. Pintas con las palabras. Gracias, silvi.

EmiliLlopi dijo...

Estos cuadros que pintas me transportan. Pintas con las palabras. Gracias, silvi.

silvia dijo...

Gracias por tus comentarios Emilio. Tú también lo haces muy bien. Un abrazo.